jueves, 15 de agosto de 2013

Luz

Todo eso me vino a la mente una mañana de verano. Había sido un año de angustia y desconsuelo, de noches en vela y gritos ahogados contra almohadas blancas. Un año de miserias y de rostros exhaustos. De esos que cuando somos felices ni siquiera imaginamos. No importan los nombres cuando cae la noche. Ni tampoco las historias que llevamos como alforjas, agarradas a la espalda, llenas de personas, números, de mañanas de invierno. No importan las penas ligeras ni tampoco la envidia o los celos –esas fieras terribles para las mentes ociosas-. No importan las cosas bellas:la luz reflejada por la nieve, la brisa, las pequeñas y sucias manos de los niños. Quizás no importe nada más que el deseo irreflenable de hundirse en la perversa trampa del sueño y caer en la ilusión de dejar, por unas horas, de estar vivo. 

Pero entonces te despiertas con el alba, con las primeras luces del alba, y te aferras al sillón con todas las fuerzas de tu alma y miras sin descanso a las bombillas colgadas de paredes del túnel, esperando una señal de este mundo maldito, de este mundo frío y desalmado, lleno de rabia y llanto, de cobardía, de espanto, de desazón, pavor, desamparo. 

De alegría. De luz.

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