jueves, 13 de mayo de 2010

Nueva York


Entonces lo tuve claro, olvidarte era un encargo casi irrealizable: dejar tus calles inquietas, el ajetreo, el asfalto. Durante el tiempo que pasé contigo conseguiste agotarme, me aspiraste el alma hasta convertirme en tuya, fuiste, sin saberlo, el mejor narcótico. Aún por las noches pienso en tus ventanas, empapadas por una niebla coagulada y espesa mientras trepaban descaradas hasta rasgar el cielo. Aún cuando te imagino me tiritan los párpados, veo a mujeres de mueca insolente, a hombres de rostros malditos y a jóvenes que ríen histéricos y se saben rabiosamente libres.
De hecho, sigo viéndote en cada una de estas calles, porque Madrid está helada, gélida, aterida, y aquí las calles no palpitan, yacen desidiosas e inertes.
Cuando vuelva prometo llevarte un mantel de cuadros rojos, una botella del mejor vino y un saxofón. Quizás entonces me dejes quedarme contigo, Nueva York, o al menos puede que vuelvas a dejarme engullir de un golpe tus entrañas, hacerte el amor en cada esquina y gritarte hasta conseguir que estallen, eufóricas, cada una de tus luces.

3 comentarios:

Ana (sin Otto) dijo...

Sueño con viajar hasta Central Park y ver como caen las hojas en otoño...

Julia D. Velázquez dijo...

Hola!!!! ya en España? que tal el viaje?...un besazo!!!!

Miguel Paz dijo...

Espero que en tu cuarto o quinto regreso vuelvas a llevar a tu viejo a comer manzanas en Times Square