viernes, 16 de mayo de 2008

El gnomo del gorro azul

Me daban ganas de desaparecer, no existir, mandarlo todo al carajo. Me senté en el tercer escalón a respirar el humo de los camiones. Quería dejar de ver las persianas de aluminio, las cabezas de los niños, gritando, tras el muro de cemento. Darme la vuelta, dejar de respirar, sumergirme, no moverme en muchas horas, morir o acaso sentir la soledad del segundo antes. Hasta que vi, al final de la calle, agarrada en la verja verde y oxidada de la esquina, ojos azul expectante, pelo enmarañado, a una niña, no tenía más de 7, agarrada con furia a la mano de su padre. Él le preguntaba, escuché desde el tercer escalón, si estaba asustada, ella no paraba de abrir los ojos. Sara ¿tienes miedo? Estás temblando. Tengo frío. Soy valiente. ¿Ves esos gnomos entre las hierbas del jardín? Cada año la dueña de la casa, una mujer muy mayor, que se llama María, trae uno nuevo desde muy lejos. La niña ni si quiera le mira, sigue abriendo los ojos, le aprieta cada vez más la mano. ¿Ves el del gorro azul? ¿Lo ves? Ese es el nuevo de este año, todos se pusieron contentos cuando llegó. Ese día tenía un poco de miedo, y frío, tenía frío porque era invierno, pero era un gnomo valiente. Le apretaba más y más la mano, quizá fuese cosa mía, pero no paraba de abrir los ojos. ¿Si es valiente los demás le quieren? ¿Se hicieron sus amigos? ¿Eh papá? ¿Se hicieron sus amigos? El hombre la miraba, nunca volveré a ver a nadie querer tanto a algo tan pequeño. Claro que se hicieron sus amigos. Hay que ser valiente, no pasa nada. No pasa nada por tener frío. Y poco después la niña se alejó, y yo seguía sentado, en el escalón, el tercero, esperando que ella llorase y mirase hacia atrás buscando a aquel hombre pero sólo se llevó la mano al pelo y se lo apartó de los ojos, ahora no tan abiertos y se puso tras una fila, detrás de las cabezas de los niños, gritando, tras el muro de cemento. Y no la vi llorar, sólo apartarse el pelo y miré un segundo hacia atrás, al final de la calle, sentado en el tercer escalón de una escalera, frente a la verja verde y oxidada de la esquina, y vi al hombre, abriendo mucho los ojos, apretándose las manos y llorando, como nunca volveré a ver llorar a nadie, mientras veía a la pequeña apartarse el pelo de los ojos.

2 comentarios:

mary dijo...

me niego a estropear esto poniéndome en modo nawja nimri (que también podría existir nawjanimrifobia, por otra parte).

estoy segura de que mientras el señor lloraba los gnomos gritaban algo así como niñadeojosazules!niñadeojosazules!
cóomenos!

:)

Anónimo dijo...

La niña ya había olvidado a los gnomos para el recreo del jueves pero la joven fisgona, aun verde, se quedo perfumada en ambar y fue fosil para toda su vida. Un único fosil, embebido bajo el peral malandrín que sin quererlo, tapaba el semáforo que solo aveces dejaba de ponerse en rojo.