Debió ser de noche cuando me vi recordando cómo compraba gominolas con pesetas. Pasan los años y las navidades y los pájaros y las maletas trillando las calles. En realidad pasa todo menos estas ganas de reventar que tiene todo ser humano algunos martes, Pero y qué remedio, hay que seguir creyendo en algo, es lo único que, según dicen, evita que nos convirtamos en plomo.
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lunes, 28 de diciembre de 2009
domingo, 19 de abril de 2009
De vampiros y folósofos y mi padre en camisa noventera
Dice Bernard-Henri Lévy, un folósofo francés de esos que algún día leí por una casualidad más bien extraña, que los escritores son vampiros. Así -aunque disfrazado de una pomposa metáfora que decía algo así como que "saborean los placeres de la vida"-, me hizo pensar en lo mucho que he sido engañada. Me explico.
Fue mi padre, ese hombre de gafas caidas que una vez fue joven y gordo, quien tomó las riendas de la estrategia que pretendía luchar contra mi fobia a los vampiros. (Esto fue, dicho sea de paso, allá por los noventa cuando todavía no eran famosos). ¡Vaya estrategia la de mi padre! y ¡qué poco éxito tuBo! Todavía le recuerdo sentado al borde de mi cama, asegurando paciente que no eran más que hombres disfrados. Vergüenza tendría que sentir ahora que tras leer a Levy se el secreto que escondía. Allí, bajo sus pantalones cortos y las camisas noventeras de cuando todavía no era yuppie, había un escritor y un vampiro. Hubiese sido más fácil que me explicase que no era de los que mordían cuellos, sino de los que saborean los placeres de la vida.
Fue mi padre, ese hombre de gafas caidas que una vez fue joven y gordo, quien tomó las riendas de la estrategia que pretendía luchar contra mi fobia a los vampiros. (Esto fue, dicho sea de paso, allá por los noventa cuando todavía no eran famosos). ¡Vaya estrategia la de mi padre! y ¡qué poco éxito tuBo! Todavía le recuerdo sentado al borde de mi cama, asegurando paciente que no eran más que hombres disfrados. Vergüenza tendría que sentir ahora que tras leer a Levy se el secreto que escondía. Allí, bajo sus pantalones cortos y las camisas noventeras de cuando todavía no era yuppie, había un escritor y un vampiro. Hubiese sido más fácil que me explicase que no era de los que mordían cuellos, sino de los que saborean los placeres de la vida.
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