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martes, 11 de enero de 2011

Intemporal

Podrías haber aparecido antes de llamar para al menos disculparte por la espera. Por la farsa intemporal de la espera.

martes, 5 de enero de 2010

Memorias de 2009

Ese año tuvo unos zapatos que sólo le traían problemas. Y también una bola de angustia en el pecho, redonda y llena de gusanos. Creo que trató de enamorarse todos los días, de hecho cuando lo conseguía, era mil veces mejor que masturbarse en hoteles de paso. Al final se quedó, aunque hace tiempo que no tenía muy claro que era quedarse y qué irse. Ese año, sonrió mucho más que otras veces y aún así le preocupaba que le temblase el pulso, las gasolineras que explotan y las cosas que guardaba en los bolsillos. Alguien le dijo que todos los caminos van a un sitio mejor y se lo creía a ratos, como a ratos echaba de menos cosas que aún no conocía, brillantes como ojos de buey y pensaba en taturase un mamut en un gemelo y en gritarle a la gente que no, no le pasa lo mismo a todo el mundo y que les jodan a los que piensen que el presente es peor que el futuro.

viernes, 22 de mayo de 2009

De cerebros llenos de

Se abrió la tapa de los sesos y cambió la materia biscosa por un par de elegantes trajes de repuesto. En la tierra le vendrían mejor, probablemente.

jueves, 7 de mayo de 2009

De ese muro que cruza-ba Berlín


Allí. Escrita en medio del muro, -el mismo que desgastan los flashes japoneses-, y curiosamente flanqueda por un árbol sin hojas, la locura.

viernes, 9 de enero de 2009

Papá tiene "una blog"

Desde ayer resulta que hasta mi padre, mi propio y maduro padre, tiene "una blog", como a él le gusta feminizarlo. Ni hay que decir tiene el lió que trajo el diseño, que si Carpanta y su bocata, búsca una letra original y sobria, y ahora ¡quién compite con papá! Cinéfilo, literato, presume haber leído a Faulkner y entender a Joyce, viajero aunque ya con clase y mesura, coleccionista -para su obra jubilar-, de cualquier fetiche sobre la historia del cine, ahora, de repente, es un cabrón resentido (Oh dios mío, papá también dice palabrostas).
-Sara- grita desesperado- ¿propiedades o configuración?
Y aqui estoy yo, casi convertida en una hija binaria a la que por lo menos, ya que los dos pensamos que gracias a Melville no está todo perdido, a prometido llevar a USA a liberar nuestros resentimientos, gritándoselos al Gran Cañón.

viernes, 16 de mayo de 2008

El gnomo del gorro azul

Me daban ganas de desaparecer, no existir, mandarlo todo al carajo. Me senté en el tercer escalón a respirar el humo de los camiones. Quería dejar de ver las persianas de aluminio, las cabezas de los niños, gritando, tras el muro de cemento. Darme la vuelta, dejar de respirar, sumergirme, no moverme en muchas horas, morir o acaso sentir la soledad del segundo antes. Hasta que vi, al final de la calle, agarrada en la verja verde y oxidada de la esquina, ojos azul expectante, pelo enmarañado, a una niña, no tenía más de 7, agarrada con furia a la mano de su padre. Él le preguntaba, escuché desde el tercer escalón, si estaba asustada, ella no paraba de abrir los ojos. Sara ¿tienes miedo? Estás temblando. Tengo frío. Soy valiente. ¿Ves esos gnomos entre las hierbas del jardín? Cada año la dueña de la casa, una mujer muy mayor, que se llama María, trae uno nuevo desde muy lejos. La niña ni si quiera le mira, sigue abriendo los ojos, le aprieta cada vez más la mano. ¿Ves el del gorro azul? ¿Lo ves? Ese es el nuevo de este año, todos se pusieron contentos cuando llegó. Ese día tenía un poco de miedo, y frío, tenía frío porque era invierno, pero era un gnomo valiente. Le apretaba más y más la mano, quizá fuese cosa mía, pero no paraba de abrir los ojos. ¿Si es valiente los demás le quieren? ¿Se hicieron sus amigos? ¿Eh papá? ¿Se hicieron sus amigos? El hombre la miraba, nunca volveré a ver a nadie querer tanto a algo tan pequeño. Claro que se hicieron sus amigos. Hay que ser valiente, no pasa nada. No pasa nada por tener frío. Y poco después la niña se alejó, y yo seguía sentado, en el escalón, el tercero, esperando que ella llorase y mirase hacia atrás buscando a aquel hombre pero sólo se llevó la mano al pelo y se lo apartó de los ojos, ahora no tan abiertos y se puso tras una fila, detrás de las cabezas de los niños, gritando, tras el muro de cemento. Y no la vi llorar, sólo apartarse el pelo y miré un segundo hacia atrás, al final de la calle, sentado en el tercer escalón de una escalera, frente a la verja verde y oxidada de la esquina, y vi al hombre, abriendo mucho los ojos, apretándose las manos y llorando, como nunca volveré a ver llorar a nadie, mientras veía a la pequeña apartarse el pelo de los ojos.